La lluvia, fría como el hielo, camuflaba mis lágrimas huecas.
Lagrimas provocadas por el dolor, la realidad. Lagrimas provocadas por la
soledad de tus besos. La frialdad de estar sin tus abrazos, por el silencio de
tu risa. Lagrimas a causa de tu ausencia. Lagrimas orgullosas que deseaban ir a
buscarte, pero no lo harían. Riachuelos de lágrimas en mis mejillas, riachuelos
de lágrimas por culpa de tus mentiras, y por culpa de mi desconfianza.
¿Te acuerdas cuando vine a Roma? ¿Te acuerdas como nos
conocimos? Nos conocimos gracias a mi torpeza y a tus reflejos. Nos odiábamos
tanto que casi no podíamos vernos, y hace tan solo unas horas, no podíamos
estar separados. No había nadie que nos alejara, que interviniera entre
nosotros, ni siquiera nuestras familias podían separarnos. Quien diría que, de
pasar a odiarte, pasaste a ser la persona más importante de mi vida. La única
persona que podía hacerme daño, pues seria a la única a la que se lo
permitiría. Y ahora me has hecho tanto daño que mi corazón no late, pues sigue
entre tus manos. Esas manos que una vez me exploraron con tanto cariño, que
hasta podría derretirme entre ellas.
Cuando vine a Roma, cuando te vi, cuando me enamore, encendí
una vela que no iba a apagar nunca. Porque sabía que nunca iba a dejar de
sentir esto que siento por ti, que nunca iba a acabar nuestra historia de amor.
Que no tendría fin. Y ahora, el aire, tan frio como la lluvia, ha apagado esa
vela. Ha apagado esa vela, junto con mis ganas de seguir adelante. Junto con
mis ganas de sonreír, junto con mis ganas de mirar hacia el futuro si tú no
estás.
Te echo tanto de menos, que hasta me duele la sangre que
fluye por mis venas. Te echo tanto de menos, que podría gritar tan fuerte, que
me oirían hasta los sordos.
Llevo aquí sentada dos horas, esperando a que pase algo que
cambie la ecuación, algo que me de otro resultado. Algo que haga cambiar todo
esto.
Me levanto, harta de esperar encapuchada de lluvia. Y camino
por el barro ensuciando mis botas, pero me da igual. Ahora ya todo me da igual.
Tú te casaras con ella, y yo con él. Y nada ni nadie puede cambiar eso. Ni
siquiera nuestro amor, que puede mover montañas.
Cierro los ojos, imaginándome que estas aquí, conmigo. Que
tu calor me envuelve, que tu perfume se refugia entre mis brazos. Y la última
lágrima cae de mis ojos. Dándole fin al agua de mi cuerpo. Dándole fin a mí
esperanza. Y cuando pienso que ya no volverás, que ya no podre soportarlo más,
escucho tus palabras. Es un leve susurro, pero lo escucho tan bien, tan fuerte,
que pienso que, en cualquier momento, me fallaran las piernas.
-No te vayas. –Y no lo hago, no me voy. Me quedo allí,
quieta, disfrutando del hecho de que estas detrás de mí, de que puedo sentirte,
y de que, segundos después me giras, me miras y te impacientas. Como siempre
haces al ver que no respondo, al pensar que no respondo porque no quiero saber
nada de ti. Pero te equivocas, no respondo porque quiero disfrutar del silencio
que crean nuestros cuerpos, del silencio que forman nuestros corazones.
-Dilo. Necesito saberlo. Necesito saber que no me lo
imagino. Que no soy la única que lo siente. Que no soy la única que lucha por
algo imposible. Dilo y ya está, solo te pido que lo digas. Que me lo susurres
tan cerca que se enteren hasta mis labios. Dilo y todo valdrá la pena. Todo
esto tendrá un por qué.
-¿Qué diga qué? ¿Qué te diga que me has roto los esquemas?
¿Qué te diga que me vuelves loco pero que eso me gusta? ¿Qué te diga que eres
mi vida? ¿Qué te diga que eres lo mejor que tengo?
-Sí, quiero que lo digas.
-Entonces no lo dudes ni un momento, porque te quiero más
que a nada. Te quiero. Con toda mi alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario