martes, 31 de julio de 2012

Canto de sirena I.


La silueta de unos pies arrastrados se forma tras ella para, más tarde, desaparecer junto con las olas, que chocan contra sus pies.
Su pelo negro se arremolina alrededor de su cara, danzando con el frio aire que acompaña al mar Mediterráneo.
¿Cómo ha podido ser tan tonta? Se pregunta una y otra vez.
¿Cómo ha podido renunciar a su verdadera existencia? ¿Al lugar al que, verdaderamente, ella pertenece?
Se para y mira sus pies. Diez dedos, cinco en cada pie los componen. Después de toda una vida admirando a los humanos, admirando cuando andan, admirando el hecho de tener dos piernas, no se esperaba que hubiera conseguido esas dos extremidades tan desconocidas en su mundo.
Sigue caminando.
Mariposas extinguidas dentro de ella, declaran que ha perdido la guerra.
Esa guerra entre el corazón y la razón.
El corazón le chillaba que fuera con él, que le abrazara y le pidiera que jamás la soltara, que se unieran en una sola persona, y la razón le decía que confundía el amor con la obsesión, la obsesión de querer amar como un humano, la misma obsesión que la había llevado a hacer un pacto para dejar atrás su pasado, su familia, su gente, su reino. Su vida.
Se deja caer al suelo y llora, llora todo lo que lleva dentro, llora el sufrimiento, la tristeza, la nostalgia, la humillación, la ingenuidad, la valentía, la felicidad, el remordimiento. Llora. Se desahoga. Grita. Sopla hacia esa vela a la que todos llamamos esperanza y la apaga.
Se levanta, con un riachuelo de lágrimas descansando en sus mejillas, y con sus claros ojos violetas vidriosos y cuajados. Camina hacia el mar, lento pero sin pausa, con la mirada decidida en sus ojos. Si tiene que morir, que sea en su lugar de origen, en el mar, en el agua salada que la vio nacer.
El agua, fría como el hielo, va ascendiendo por su cuerpo, y sus lágrimas se fusionan con el agua, convirtiéndose en mar al instante.
En su reino, el reino marino, hay una leyenda que proclama que el mar son lágrimas, las lagrimas de sus antepasados que, tras una infinita guerra salpicada de muertes, los familiares de los fallecidos estaban pasando tal sufrimiento que llenaron la tierra de lagrimas, lagrimas que se unieron formando océanos y océanos de agua salada, y ahora ella contribuía con sus lagrimas, a llenar esos océanos creados por el sufrimiento y la tristeza.
Continua caminando mar adentro, hasta que sus pies no tocan el suelo y, a partir de ahí, nada, meneando los brazos y las piernas, unas piernas que no tendría que haber deseado, ¿Por qué no podía conformarse con lo que tenia?
Nada y nada hasta que su cuerpo entero dice basta. Y se hunde, como un peso muerto deseando llegar al fondo del mar, y ahogarse para acabar con todo aquello. Para ser condenada por la traición que había cometido, la traición de sustituir el fondo marino por la superficie terrestre.
Poco a poco sus pulmones reclaman aire, pero solo consiguen ser llenados de agua hasta que nota como va perdiendo la conciencia, como va entrando en un túnel, como todo se vuelve oscuro y como esa luz de la que todo el mundo habla se va alejando, y ella, al fin descansa, cierra los ojos y miles de imágenes pasean por su mente, recordándole que una vez la felicidad estuvo en su mente, su padre, sus hermanas, su fallecida madre, todos sus conocidos desfilan por su cabeza, cogidos de la mano por recuerdos que una vez sucedieron.
Y ella, en su último soplo de vida nota como alguien la agarra en brazos y la abraza. Su padre, Poseidón, el rey de los mares, el dios de las aguas, la sostiene con la cabeza en su corazón y llora para poder devolverle la vida a su hija porque, a pesar de todo, las lagrimas sí que sirven para algo, llorar sirve para recordar y seguir adelante, llorar es un puente entre el pasado y el presente, y mientras el dios llora ella oye lo que estaba esperando oír desde hacía mucho tiempo pues, mientras su negra cabellera flota, ella disfruta con el canto de sirena.