El gris turbado de sus ojos silenció el bosque.
Su iris giraba, cobrando vida propia.
Había perdido la conciencia entre
montones de hojas otoñales y su vestido blanco había perdido todo
resquicio de volver a su color natal.
El dios Eolo agitaba su cabellera azabache y la
luna llena resaltaba sus facciones, a la vez que creaba sombras en los cipreses
y los pinos que la rodeaban.
Sus suspiros danzaban con el triste ulular de
un búho. Un viejo y sabio búho que la miraba desde la rama más
alta de alguno de los arboles que se mecían con el viento.
Se alzo entre la hojarasca y sintió el
dolor punzante de una herida. Se observó el brazo: Una línea escarlata
le transcurría desde el hombro hasta el codo.
Puso su mano llena de arañazos encima de la
herida, notando la quemazón de esta y susurro unas palabras. Unas
letras se grabaron a fuego en su brazo para desaparecer mas tarde.
‘Κνρα '.
La herida se cerró, deprisa, avivando un dolor intenso.
Se mordió el labio y cerró los ojos,
no podía gritar. Al instante, unos lobos a lo lejos aullaron. Dando
la bienvenida al bosque a su corazón marchito. A
su corazón escaso de esperanza.
Algo se acercaba a su lugar de
descanso.
Pero ella ya no podía más. Estaba
harta de estar sola. Harta de luchar por algo que ni ella misma sabia de que se
trataba.
Sus sonrisas habían desaparecido junto
con sus ganas de seguir adelante. La vida se aferraba a sus manos cuando
ella quería soltarla.
Estaba cansada, herida y
se sentía traicionada. Traicionada solo por haber amado lo
prohibido.
Pero debía seguir. Por mucho que
deseara plantarse y ahogarse entre sus penas.
Caminaría por el Tártaro si era necesario
solo por demostrar que nada podía con ella.
Se puso de pie, apoyándose en esa
esperanza que velaba por su ausencia y susurro su miedo al viento, el cual lo
propago como si fuera una cerilla.
'Φνεγω'
El bosque estallo en llamas verdes, creando una
muralla de fuego griego al rededor de la chica.
Sus ojos refulgían de
rabia. Quería chillar, o simplemente titilar como una luz hasta
apagarse.
A través del verde tono de aquel
inquebrantable fuego, la figura de un lobo se desdibujaba como si fuera un
reflejo en el agua.
Se quedo sin aliento cuando el lobo cambio de
forma hasta convertirse en una mujer arco en mano.
Su aura descargaba ferocidad y protección.
Y como si las llamas no le causaran daño alguno, apareció delante de
ella. Y le sonrió, con sus ojos de color de luna, y su pelo
trenzado.
-Descansa, hija de Hécate, diosa hechicera. -Y
obedeciéndola, se le cerraron los parpados y cayó al suelo. Presa de un sueño
inconsciente.