La silueta de unos pies arrastrados se forma tras ella para,
más tarde, desaparecer junto con las olas, que chocan contra sus pies.
Su pelo negro se arremolina alrededor de su cara, danzando
con el frio aire que acompaña al mar Mediterráneo.
¿Cómo ha podido ser tan tonta? Se pregunta una y otra vez.
¿Cómo ha podido renunciar a su verdadera existencia? ¿Al
lugar al que, verdaderamente, ella pertenece?
Se para y mira sus pies. Diez dedos, cinco en cada pie los
componen. Después de toda una vida admirando a los humanos, admirando cuando
andan, admirando el hecho de tener dos piernas, no se esperaba que hubiera
conseguido esas dos extremidades tan desconocidas en su mundo.
Sigue caminando.
Mariposas extinguidas dentro de ella, declaran que ha
perdido la guerra.
Esa guerra entre el corazón y la razón.
El corazón le chillaba que fuera con él, que le abrazara y
le pidiera que jamás la soltara, que se unieran en una sola persona, y la razón
le decía que confundía el amor con la obsesión, la obsesión de querer amar como
un humano, la misma obsesión que la había llevado a hacer un pacto para dejar
atrás su pasado, su familia, su gente, su reino. Su vida.
Se deja caer al suelo y llora, llora todo lo que lleva
dentro, llora el sufrimiento, la tristeza, la nostalgia, la humillación, la
ingenuidad, la valentía, la felicidad, el remordimiento. Llora. Se desahoga.
Grita. Sopla hacia esa vela a la que todos llamamos esperanza y la apaga.
Se levanta, con un riachuelo de lágrimas descansando en sus
mejillas, y con sus claros ojos violetas vidriosos y cuajados. Camina hacia el
mar, lento pero sin pausa, con la mirada decidida en sus ojos. Si tiene que
morir, que sea en su lugar de origen, en el mar, en el agua salada que la vio
nacer.
El agua, fría como el hielo, va ascendiendo por su cuerpo, y
sus lágrimas se fusionan con el agua, convirtiéndose en mar al instante.
En su reino, el reino marino, hay una leyenda que proclama
que el mar son lágrimas, las lagrimas de sus antepasados que, tras una infinita
guerra salpicada de muertes, los familiares de los fallecidos estaban pasando
tal sufrimiento que llenaron la tierra de lagrimas, lagrimas que se unieron
formando océanos y océanos de agua salada, y ahora ella contribuía con sus
lagrimas, a llenar esos océanos creados por el sufrimiento y la tristeza.
Continua caminando mar adentro, hasta que sus pies no tocan
el suelo y, a partir de ahí, nada, meneando los brazos y las piernas, unas
piernas que no tendría que haber deseado, ¿Por qué no podía conformarse con lo
que tenia?
Nada y nada hasta que su cuerpo entero dice basta. Y se
hunde, como un peso muerto deseando llegar al fondo del mar, y ahogarse para
acabar con todo aquello. Para ser condenada por la traición que había cometido,
la traición de sustituir el fondo marino por la superficie terrestre.
Poco a poco sus pulmones reclaman aire, pero solo consiguen
ser llenados de agua hasta que nota como va perdiendo la conciencia, como va
entrando en un túnel, como todo se vuelve oscuro y como esa luz de la que todo
el mundo habla se va alejando, y ella, al fin descansa, cierra los ojos y miles
de imágenes pasean por su mente, recordándole que una vez la felicidad estuvo
en su mente, su padre, sus hermanas, su fallecida madre, todos sus conocidos
desfilan por su cabeza, cogidos de la mano por recuerdos que una vez
sucedieron.
Y ella, en su último soplo de vida nota como alguien la
agarra en brazos y la abraza. Su padre, Poseidón, el rey de los mares, el dios
de las aguas, la sostiene con la cabeza en su corazón y llora para poder
devolverle la vida a su hija porque, a pesar de todo, las lagrimas sí que
sirven para algo, llorar sirve para recordar y seguir adelante, llorar es un
puente entre el pasado y el presente, y mientras el dios llora ella oye lo que
estaba esperando oír desde hacía mucho tiempo pues, mientras su negra cabellera
flota, ella disfruta con el canto de sirena.
Dios que bonito. Me ha emocionado :') escribes genial cielo. Espero pronto leer más de ti :D
ResponderEliminarBesos <3
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